
Después de haber hecho una pequeña pausa la semana pasada por el Día de la Madre, hoy retomamos nuestra serie de sermones en 1 Pedro. En el último mensaje, Pepe nos habló sobre la iglesia como un lugar seguro, un espacio de cuidado y descanso, donde los ancianos están llamados a pastorear el rebaño de Dios voluntariamente, con buena disposición y dando ejemplo. A la luz de esto, podríamos preguntarnos: ¿Cómo debería ser la relación de los ancianos con los demás miembros de la iglesia? ¿Y cómo deberían relacionarse entre sí los creyentes dentro del cuerpo de Cristo? Estas son preguntas importantes, porque a veces, debido a las distintas culturas de vida eclesial que existen en diferentes contextos, podemos malinterpretar la forma en que estamos llamados a relacionarnos unos con otros.
Hubo una iglesia muy grande y conocida en Estados Unidos que funcionó entre los años 1996 y 2014. En su punto más alto, contaba con un promedio de 12 mil personas asistiendo semanalmente a sus cultos. Era una iglesia reformada, cuyo pastor era una figura reconocida en el ámbito cristiano y autor de varios libros. Sin embargo, esta iglesia enfrentó serios problemas que finalmente la llevaron a cerrar sus puertas.
La revista Christianity Today documentó su caída en una serie de podcasts que revelan los profundos problemas presentes en la cultura pastoral y de liderazgo de esa congregación. Era una cultura donde el pastor ejercía autoridad de forma autoritaria, y los miembros se subordinaban a una estructura fuertemente jerárquica.
La historia de esta iglesia está marcada por personas puestas bajo disciplina, personas heridas, personal despedido, y múltiples víctimas de abuso espiritual y de autoridad. Muchas veces, en lugar de brindar ayuda con compasión, la cultura jerárquica de la iglesia oprimía a los más débiles, precisamente a quienes más necesitaban restauración. Desde sermones en los que el pastor reprendía a gritos a la congregación, hasta sesiones de consejería donde se imponía presión y control en lugar de ofrecer apoyo. Uno de los aconsejados que sufrió este tipo de abuso espiritual terminó quitándose la vida. Mike Cosper, de Christianity Today, dijo lo siguiente sobre este caso:
“Es algo increíblemente fuerte el pararte en el púlpito y actuar con la autoridad que un pastor tiene sobre su iglesia… estás jugando con fuego. Las personas de tu iglesia han confiado en ti para dar dirección a sus vidas y cuidado a sus almas. Tomar esto a la ligera y actuar con arrogancia… es peligroso, y puede —y va— a tener consecuencias devastadoras.”
— Mike Cosper, The Rise and Fall of Mars Hill, Christianity Today
El caso de esta iglesia es un ejemplo extremo de lo que puede suceder cuando no se entiende correctamente el ministerio pastoral, ni la manera en que debemos relacionarnos los unos con los otros dentro del cuerpo de Cristo.
Hacia el final de su carta, Pedro aborda precisamente estos temas. Los cristianos de Asia Menor estaban atravesando momentos de adversidad, y Pedro les dice que no se sorprendan del fuego de la prueba, y los anima a regocijarse cuando sufren por el Nombre de Cristo. En un contexto así, lo último que estos creyentes necesitaban eran ancianos que se enseñorearan de ellos con arrogancia o que buscaran sacar ventaja de la congregación. Como vimos hace dos semanas en 1 Pedro 5:1–4, los ancianos están llamados a supervisar y cuidar de la iglesia dentro de una estructura horizontal, donde hay una sola cabeza: Jesús, el Príncipe de los Pastores. Todos nosotros somos su rebaño, y estamos al mismo nivel los unos con los otros, llamados a vivir en sumisión mutua.
Y para comprender mejor esta horizontalidad en la iglesia, leamos 1 Pedro 5:5 (RVR60): “Igualmente, jóvenes, estad sujetos a los ancianos; y todos, sumisos unos a otros, revestíos de humildad; porque: Dios resiste a los soberbios, y da gracia a los humildes.”
“Sumisos unos a otros” —esa es la frase clave para entender este versículo, y de hecho, ese es el título de este sermón: “Sumisos unos a otros”. A la luz de 1 Pedro 5:5, quiero que reflexionemos sobre la horizontalidad y la sumisión mutua dentro de la iglesia, haciéndonos dos preguntas fundamentales: primero, ¿cómo nos sujetamos unos a otros? y segundo, ¿por qué nos sujetamos unos a otros?
Respondamos entonces a la primera pregunta:
1. ¿Cómo nos sujetamos unos a otros?
Analicemos juntos 1 Pedro 5:5 para encontrar la respuesta. El versículo comienza diciendo: “Igualmente, jóvenes, estad sujetos a los ancianos.”
¿A quiénes se refiere Pedro cuando dice “jóvenes”? La Nueva Biblia de las Américas traduce esta frase como “los más jóvenes”, pero también podría traducirse como “los más nuevos” (como en Lucas 22:26, RVA). Pedro está haciendo una comparación entre los ancianos —es decir, cristianos maduros que pastorean el rebaño— y los más jóvenes o más nuevos, refiriéndose no necesariamente a edad, sino a madurez y experiencia. En otras palabras, aquellos creyentes que aún no son ancianos.
Los ancianos son hombres maduros que cuidan del rebaño de Dios. Los “jóvenes” o “nuevos” a los que se refiere Pedro son los creyentes que, aunque parte del cuerpo de Cristo, no tienen la responsabilidad pastoral y, por tanto, deben sujetarse al cuidado de quienes sí la tienen. ¿Y cómo se expresa esta sujeción? Pedro lo dice claramente: “Igualmente, los más jóvenes, estad sujetos a los ancianos.”
La palabra “igualmente” significa de la misma manera. En los versículos anteriores, Pedro explicó cómo los ancianos deben ejercer su liderazgo pastoral: voluntariamente, no por obligación; con disposición, no por interés personal; y dando ejemplo, no imponiendo autoridad con dureza. Pues bien, de la misma manera, los creyentes deben responder a ese liderazgo pastoral. Es decir:
- Debemos sujetarnos voluntariamente. El anciano no es alguien que lidera con látigo en mano, obligando a otros por miedo. Nosotros tampoco debemos sujetarnos por obligación o temor, sino voluntariamente.
- Debemos sujetarnos con buen ánimo. Así como el anciano sirve con sinceridad y no por interés personal, nosotros también debemos sujetarnos con un corazón dispuesto, sin buscar posición, ni privilegios, ni la “muñeca del pastor”.
- Debemos sujetarnos siendo ejemplo. El anciano lidera con el ejemplo, no con autoritarismo. De la misma manera, al sujetarnos, debemos ser modelos de humildad para otros creyentes.
Lo interesante es que Pedro no se detiene ahí, sino que añade: “Y todos, sumisos unos a otros.”
No dice “algunos”, sino todos los cristianos estamos llamados a vivir en sumisión mutua.
Aunque los ancianos cuidan voluntariamente del rebaño y los demás se sujetan a su cuidado, todos y cada uno de los cristianos estamos llamados a someternos los unos a los otros. Esto significa que cada creyente está llamado a colocarse voluntariamente bajo los demás. El cristianismo no se trata de buscar autoexaltación.
Leí una vez un dicho que decía: “La escalera del éxito se escala mejor al pisar los peldaños de la oportunidad.” Puede sonar motivador, pero plantea un problema: ¿Qué pasa cuando hay otros subiendo la misma escalera? Terminamos pisando personas con tal de llegar a la cima. Esa es la lógica del mundo, pero no la del Reino de Dios. El cristiano es alguien que elige colocarse por debajo, no para escalar posiciones, sino para servir.
Los ancianos de la iglesia no deben buscar promover su propio reino, ni construir una imagen personal, ni avanzar en una “carrera pastoral”. Deben ser los primeros en ponerse por debajo de todos. Y lo mismo aplica para todos los cristianos.
Lamentablemente, a veces el ministerio parece una carrera política. Primero uno es “hermano”, luego “siervo”, luego “líder”, después “diácono”, “evangelista”, “anciano”, “pastor”, “profeta”, y finalmente “apóstol”. Pero esta lógica está completamente equivocada. Si entendemos el cristianismo como una escalera de jerarquía y títulos, hemos perdido el rumbo.
La Biblia nos llama a considerar a los demás como más importantes que nosotros mismos, no buscando nuestros propios intereses, sino los intereses de los demás. Esto es exactamente lo que hizo Jesús quien, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a qué aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo (Filipenses 2:3–7). Por eso, Pepe dijo la semana pasada: “Prefiero que me digan Pepe y no pastor.” Y yo también digo: “Prefiero que me digan Mache,” porque no estoy por encima de nadie.
No busquemos posición ni títulos, sino humildad y servicio. Ese es el mensaje que Pedro quiere que sus lectores entiendan cuando dice “Sumisos unos a otros, revestíos de humildad.”
Revestirse de humildad es estar dispuesto a colocarse el mandil de siervo, a servir con sencillez. Volviendo a la historia de aquella iglesia en Estados Unidos: en una ocasión, un equipo de la iglesia viajó a Turquía para filmar un documental sobre la antigua ciudad de Éfeso. En ese viaje, el pastor se hospedó en un hotel de cinco estrellas, mientras que su equipo de producción se alojó en un hotel de quinta categoría. El pastor era la estrella, y su equipo, los sirvientes. ¡Qué locura!
Agradezco el ejemplo de pastores humildes como Pablo James, con quien he lavado platos, cocinado y limpiado baños codo a codo en campamentos. Pablo siempre está dispuesto a servir a otros con humildad. Ese es el ejemplo de un pastor que no vino a ser servido, sino a ponerse el mandil de siervo. Esa es la actitud de Jesús, y debe ser la actitud de todo cristiano.
Vemos esa misma humildad en las hermanas que estuvieron desde las 4 de la mañana en la iglesia preparando el api y los buñuelos para el desayuno de Pascua, o en los adolescentes que llegaron a las 5:30 para alistar las lecturas bíblicas y la música del culto de madrugada. También la vemos hoy en el grupo de jóvenes que prepara el refrigerio y da la bienvenida, así como en las mujeres, los grupos juveniles y los grupos pequeños, que han servido en semanas anteriores.
Todos ellos son bellos ejemplos de personas que, voluntariamente, con buen ánimo y siendo ejemplo para los demás, han puesto las necesidades de otros por encima de las suyas, vistiéndose con el mandil de siervo para servir con humildad.
Entonces, ¿cómo nos sujetamos unos a otros? Lo hacemos voluntariamente, con buen ánimo, siendo ejemplo, anteponiendo las necesidades de otros a las nuestras, y sirviéndonos mutuamente en humildad.
Y ahora que hemos respondido a esa pregunta, respondamos a una segunda:
2. ¿Por qué nos sujetamos unos a otros?
1 Pedro 5:5 dice: “Sumisos unos a otros, revestíos de humildad; porque: Dios resiste a los soberbios, y da gracia a los humildes.”
Para explicar por qué debemos practicar la sumisión mutua, Pedro cita Proverbios 3:34, uno de los proverbios de Salomón incluidos en los primeros capítulos de este libro del Antiguo Testamento. Como nos enseñó Pablo Sanjinés el domingo pasado, esta sección inicial de Proverbios contiene enseñanzas destinadas a cultivar la sabiduría y el temor del Señor.
En el capítulo 3 encontramos el consejo de un padre a su hijo: que busque la sabiduría, tema a Jehová y confíe plenamente en Él. Ese temor del Señor, hacia el final del capítulo, se traduce en amor al prójimo. Una persona sabia y temerosa de Dios no niega el bien al prójimo (3:27), no trama el mal contra otros (3:29), no busca pleitos ni envidia al violento (3:30). Todas estas expresiones de amor nacen del carácter de Dios mismo, quien, según Proverbios 3:34, resiste a los soberbios y da gracia a los humildes.
Una persona soberbia es aquella que busca brillar más que los demás, que desea exaltarse por encima de todos. Es alguien que se considera superior, que cree tener siempre la razón. A este tipo de persona, Dios resiste: es decir, se opone a los arrogantes. Los que buscan exaltarse están, sin saberlo, en conflicto directo con Dios.
En contraste, el humilde es aquel que está dispuesto a colocarse por debajo de otros, a servir, a poner primero a los demás. A ese, Dios le da gracia: lo favorece, le muestra generosidad.
Entonces, ¿por qué debemos sujetarnos unos a otros?
Porque Dios ha establecido, como un principio universal, que el que busca exaltarse será humillado, y el que se humilla será exaltado en su debido tiempo.
Por eso, muchos han llamado al Reino de Dios: “El Reino al Revés.”
“El Reino de Dios anunciado por Jesús parecía extraño y completamente al revés en la cultura palestina del primer siglo. Y las sorpresas al revés del Reino de Dios continúan sobresaltando a las personas al irrumpir en las diversas culturas del mundo hoy.”
— Donald B. Kraybill, The Upside-Down Kingdom
“Nosotros… vivimos y crecemos y servimos en este Reino [al Revés], no mediante la toma del poder, sino —siguiendo a Jesús— mediante la renuncia al poder, para así poder perdonar, sacrificar y servir.”
— Timothy Keller, Hope in Times of Fear
En los reinos de este mundo, el orgulloso —el que busca autoexaltarse y tomar el poder— es quien asciende a la cima. En este mundo, el más fuerte sobrevive por encima del más débil. Pero en el Reino de Dios no es así. Es un Reino al Revés: donde Dios resiste al soberbio y lo humilla, y donde el débil, el humilde, el siervo que renuncia al poder para servir, es favorecido por Dios y exaltado a su debido tiempo, cuando Cristo regrese y el Reino sea consumado.
Esa es la razón de la sumisión mutua en la iglesia. Es el modelo del Reino de Dios. Es el modelo de Jesús, quien se humilló voluntariamente, se hizo siervo y murió en debilidad en una cruz por nuestros pecados. Luego, fue resucitado y exaltado por Dios en el tiempo señalado. Es el mismo patrón que vemos en las iglesias del Nuevo Testamento, donde creyentes —como los destinatarios de la carta de Pedro— sufren en debilidad, son perseguidos y humillados, pero lo hacen con gozo, participando de los sufrimientos de Cristo, viviendo en humildad y sumisión mutua. Este es el modelo que nosotros también estamos llamados a seguir.
Recuerdo que en 1997 llegó a nuestra iglesia un estudiante de cuarto año de la Facultad de Medicina de la prestigiosa Universidad de Harvard. Vino como voluntario para trabajar con niños de la calle. Lo que comenzó como un breve voluntariado de seis meses, se transformó en un ministerio sacrificial de quince años. Pasó frío en las calles de La Paz, arriesgó su vida y, en ocasiones, vivió en condiciones precarias. En una entrevista para la revista médica de Harvard, dijo: “Llegué al agotamiento extremo unas 3 o 4 veces, y a la bancarrota financiera dos veces.”
¿Qué puede llevar a un cristiano a entregar su tiempo, dinero, fuerzas y vida entera para servir a una población marginada? ¿Qué puede motivar a alguien a rebajarse y humillarse para servir a otros?
La respuesta es esta: Ese impulso nace del patrón del Reino al Revés, donde Dios resiste a los soberbios y da gracia a los humildes.
El mismo patrón por el cual Jesús obtuvo nuestra salvación: humillándose en una cruz, muriendo por nuestros pecados, y luego siendo exaltado por Dios.
Pastores, ancianos, y cada cristiano: Abandonemos el deseo de destacar y brillar, y estemos dispuestos a humillarnos. Estemos dispuestos a sujetarnos los unos a los otros, a amar al prójimo, a servir a los demás, a perdonar a quienes nos han herido, y a vivir conforme a los valores del Reino al Revés de nuestro Rey Jesús.
Pedro concluye este argumento con estas palabras en los versículos 6 y 7:
“Humillaos, pues, bajo la poderosa mano de Dios, para que Él os exalte cuando fuere tiempo; echando toda vuestra ansiedad sobre Él, porque Él tiene cuidado de vosotros.” (1 Pedro 5:6–7)
Y más adelante añade:
“Después que hayáis padecido un poco de tiempo, Él mismo os perfeccione, afirme, fortalezca y establezca.” (1 Pedro 5:10)
En esta vida, sufriremos por un poco de tiempo. Pero lo haremos con gozo, sirviendo con humildad a otros, viviendo en sumisión mutua.
Y a su debido tiempo, cuando nuestro Señor regrese y el Reino sea consumado, la iglesia será exaltada. Mientras tanto, Dios mismo nos sostiene, nos fortalece y nos da las fuerzas que no tenemos por nosotros mismos para vivir así: sumisos los unos a los otros.
Conclusión
Entonces, a la luz de todo lo que hemos visto esta mañana:
- ¿Cómo nos sujetamos unos a otros? Lo hacemos de manera voluntaria, con buena disposición, siendo un ejemplo para los demás. Nos sometemos al colocar las necesidades de otros por encima de las nuestras, y al servirnos mutuamente con humildad.
- ¿Por qué nos sujetamos unos a otros? Porque es el modelo del Reino de Dios, el Reino al Revés, donde Dios se opone a los soberbios y da gracia a los humildes. Es el patrón de vida de Jesús, nuestro Rey.
Y para terminar este tiempo, consideremos algunas formas prácticas de aplicar este mensaje durante la semana:
- Oremos por los ancianos actuales de la iglesia y por los candidatos que están en formación. Pidamos que Dios nos conceda a todos un corazón humilde, un corazón de siervo.
- Pongámonos el mandil de siervo —literalmente. Busquemos oportunidades concretas para servir al prójimo esta semana. ¿Conoces a alguien que necesite ayuda con las compras? ¿Alguien que necesite que le limpien su casa? ¿Hay alguna necesidad práctica en tu grupo pequeño (jóvenes, adolescentes, varones, mujeres, etc.) en la que puedas involucrarte? Estemos atentos a esas oportunidades.
- Recordemos que en la iglesia las relaciones son horizontales. Que esa horizontalidad y sumisión mutua se refleje en nuestras palabras, en nuestras relaciones, en la vida que compartimos juntos, y en la manera en que servimos y amamos a los demás.

