
Hoy vamos a comenzar nuestro tiempo de sermón dominical leyendo Hechos 1:6–11. Prestemos atención a esta lectura, porque cuando abrimos las Escrituras, Dios nos habla. Al leer la Biblia, escuchamos Su voz. Así que dispongamos el corazón para oír lo que Él quiere decirnos hoy.
6 Entonces los que estaban reunidos, le preguntaban: «Señor, ¿restaurarás en este tiempo el reino a Israel?». 7 Jesús les contestó: «No les corresponde a ustedes saber los tiempos ni las épocas que el Padre ha fijado con Su propia autoridad; 8 pero recibirán poder cuando el Espíritu Santo venga sobre ustedes; y serán Mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra». 9 Después de haber dicho estas cosas, fue elevado mientras ellos miraban, y una nube lo recibió y lo ocultó de sus ojos. 10 Mientras Jesús ascendía, estando ellos mirando fijamente al cielo, se les presentaron dos hombres en vestiduras blancas, 11 que les dijeron: «Varones galileos, ¿por qué están mirando al cielo? Este mismo Jesús, que ha sido tomado de ustedes al cielo, vendrá de la misma manera, tal como lo han visto ir al cielo»
Hechos de los Apóstoles 1:6–11 (NBLA)
Dios nos acaba de hablar. Oremos ahora para que Su Espíritu Santo guíe nuestros pensamientos y reflexiones sobre este pasaje.
Padre nuestro, gracias porque eres un Dios que habla. Hoy nos has hablado a través de las Escrituras, que son Tu Palabra.
Te pedimos que, por medio de Tu Espíritu Santo, nos guíes en la reflexión. Ayúdanos a pensar correctamente sobre Tu Palabra, a actuar conforme a ella, y a ver a Cristo en ella. En el nombre de Jesús oramos. Amén.
El versículo 8 de este pasaje contiene una frase que puede resultar un tanto intimidante: “…y serán Mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra.”
¡Qué tarea tan inmensa! ¿Cómo se supone que la llevemos a cabo? ¿Por dónde empezamos?
Hace poco, en la IBM (Iglesia Bíblica de Mallasilla) se realizó su Té de Misiones, donde se compartieron varias iniciativas para alcanzar a otros con el evangelio. La iglesia está trabajando intensamente en la plantación de iglesias en El Palomar y en Achumani. También está colaborando con redes de iglesias tanto en la ciudad como en otras partes de Bolivia, sirviendo en la zona norte del departamento de La Paz, y participando en iniciativas entre la etnia Ese Ejja.
Son proyectos excelentes, pero también muy desafiantes. Entonces, ¿cómo enfrentamos toda la planificación y el esfuerzo que esto implica sin desanimarnos?
Una tarea tan monumental como testificar de Jesús hasta los confines de la tierra puede parecerse a la historia de Sísifo, de la mitología griega. ¿La conoces? La historia cuenta que Sísifo fue castigado por Zeus a empujar una enorme roca cuesta arriba. Pero cada vez que estaba por alcanzar la cima, la roca rodaba de nuevo hacia abajo, obligándolo a empezar desde cero. Y así, condenado a repetir esa tarea eternamente, Sísifo jamás podía terminar su labor.
“…Serán Mis testigos… hasta los confines de la tierra” puede sonar como empujar una roca gigantesca colina arriba. Pero hoy tengo buenas noticias: Dios no nos da tareas imposibles. Él no es como Zeus. No es cruel ni caprichoso. Nuestro Dios es Bueno y Misericordioso. Y junto con la gran misión de ser testigos de Jesús hasta los confines de la tierra, también nos da la ayuda necesaria.
Y eso lo vemos claramente en todas las iniciativas misioneras de la IBM: Dios está obrando, y está proveyendo la ayuda que necesitamos.
¿Cómo nos ayuda Dios en la inmensa tarea de ser testigos de Jesús? En primer lugar, Él nos quita un peso de encima; en segundo lugar, nos da el poder suficiente; y en tercer lugar, nos da la seguridad necesaria. Esta mañana quiero que reflexionemos sobre estas tres formas en que Dios nos ayuda. Comencemos con la primera.
1. Nos quita un peso de encima
¿Alguna vez asististe a un taller, conferencia o capacitación de la que saliste emocionado y motivado a hacer algo? Recuerdo que, en mis años universitarios, mis compañeros de carrera y yo asistimos a una conferencia de hackers. Todos salimos entusiasmados con la idea de convertirnos en hackers. A algunos esa emoción les duró bastante; a otros, como a mí, no tanto.
Ahora bien, en Hechos capítulo 1 encontramos una especie de capacitación, pero no cualquier capacitación: es la más emocionante de toda la historia de la humanidad. Mucho más impactante que aquella conferencia de mis tiempos universitarios. De hecho, es más útil, motivadora y reveladora que cualquier taller o simposio que hayamos presenciado en nuestras vidas.
Fíjense en lo que dice el prólogo de Hechos (1:3): “… después de Su padecimiento, se presentó vivo con muchas pruebas convincentes, apareciéndoseles durante cuarenta días y hablándoles de lo relacionado con el reino de Dios.” ¡Imagínate una capacitación de cuarenta días con Jesús mismo! Muchos hermanos de la IBM están ahora en el campamento en los Yungas, y sin duda volverán muy animados después de cuatro días de retiro. Pero ¿puedes imaginar estar cuarenta días cara a cara con Jesús, escuchándolo hablar sobre el Reino de Dios?
Después de ese tiempo intensivo de enseñanza, con la mente abierta por Jesús mismo para comprender las Escrituras (Lucas 24:44–45), los discípulos debieron sentirse profundamente motivados. Pero también llevaban una carga, que se revela en la pregunta que le hacen en el versículo 6: “Señor, ¿restaurarás en este tiempo el reino a Israel?” ¿Notas su inquietud? ¿Qué les preocupa? Lo que los preocupaba eran los tiempos, las épocas.
Para entenderlo mejor, imaginemos una situación que nunca ocurrió, pero que nos puede ayudar. Supongamos que Jesús les hubiera dicho:“La consumación del Reino de Dios —la unión de Israel, Samaria y Judea, y las naciones injertadas— ocurrirá dentro de 30 días… y ustedes serán mis testigos hasta los confines de la tierra.”
Imagínate la reacción. La emoción se habría transformado rápidamente en desesperación: “¡Treinta días! ¿Cómo vamos a llegar hasta los confines de la tierra en tan poco tiempo? ¿Qué vamos a hacer? ¡Es imposible!”
Ahora pensemos en el caso opuesto. Supón que Jesús dijera: “La consumación final del Reino llegará dentro de seis mil años… y ustedes serán mis testigos hasta los confines de la tierra.”
Ahora, puedo imaginar a los discípulos confundidos, sintiendo una mezcla de emoción y decepción, pensando: “¡Qué bien! Tenemos tiempo. Pero ¡qué lejos está! ¿Y si las generaciones futuras no perseveran? ¿No sería mejor que todo ocurriera antes?”
Revelarles una fecha exacta —sea cercana o lejana—, o peor aún, decirles que depende de ellos fijarla, habría sido poner sobre sus hombros una carga que ningún ser humano puede llevar.
Determinar los tiempos y las épocas es algo que solo el Soberano Dios de la Historia puede hacer. Por eso Jesús les responde en los versículos 7 y 8: “No les corresponde a ustedes saber los tiempos ni las épocas que el Padre ha fijado con Su propia autoridad; pero recibirán poder cuando el Espíritu Santo venga sobre ustedes, y serán Mis testigos…”
El Padre, con Su autoridad, ha establecido los tiempos y las épocas. La consumación final del Reino está en Sus manos. Nosotros solo debemos ser Sus testigos. Dios nos quita de encima el peso de querer controlar lo que solo le corresponde a Él.
La historia de la humanidad está llena de intentos por predecir el fin. Uno que me viene a la mente es el de Harold Camping, un locutor de radio estadounidense que aseguró que el fin del mundo llegaría el 21 de mayo de 2011. Más tarde cambió la fecha al 21 de octubre del mismo año. Y aquí estamos, catorce años después, y el fin no ha llegado.
Cuando este hombre murió en 2013, el New York Times escribió sobre él: “Los críticos lo llamaron un estafador, un lunático, un hereje, y cosas peores… Nadie sabe cuántas personas se casaron de manera apresurada… renunciaron a sus trabajos o donaron sus posesiones. Pero la reacción fue de amplio alcance y en algunos casos trágica…” El artículo luego narra episodios de violencia y muertes derivadas de esas predicciones.
Me pregunto: ¿de qué sirven esas predicciones? ¿Qué bien produce esa obsesión con el futuro? Cuando intentamos cargar con la responsabilidad de determinar los tiempos y las épocas, terminamos haciendo más daño que bien. Perdemos el enfoque. Y aunque alguno diga: “A mí no me afectan esas predicciones”, yo preguntaría: ¿no nos preocupa el futuro a todos en algún grado?
El futuro de nuestro país, de nuestras familias, de nuestra iglesia… puede convertirse fácilmente en ansiedad y en una carga difícil de llevar. Pero quiero darte una palabra de aliento. “Es mejor testificar que conocer el futuro.” Ese es el título de un sermón del predicador Charles Spurgeon. Él dijo: “… no es propio, ni provechoso, ni posible conocer los tiempos y las épocas.”
Entonces, ya que no es propio para nosotros determinar el futuro porque sólo le corresponde a Dios, no es provechoso porque nos lleva a perder el enfoque, y no es posible porque somos criaturas limitadas, Dios nos ayuda y nos quita ese peso de encima para enfocarnos en lo que sí nos compete: en ser testigos de Jesús, anunciando que por amor el Padre mandó al Hijo para salvarnos, Jesús quien murió en la cruz por nuestros pecados, resucitó al tercer día, ascendió a los cielos y volverá. Ese es el mensaje sencillo del que debemos testificar, el futuro, los tiempos y las épocas están en las manos del Padre.
Volvamos a pensar en las iniciativas de la IBM para alcanzar a otros con el evangelio. Por ejemplo, la plantación de iglesias. ¿Te imaginas que dependiera de nosotros definir el momento exacto para alcanzar toda la ciudad de La Paz? Sería una carga insoportable.
En el programa del Incubador de Plantación de Iglesias de Ciudad a Ciudad siempre nos recuerdan que una sola iglesia no puede alcanzar toda una ciudad. Se necesitan redes de iglesias. Y eso es justamente lo que la IBM está haciendo: construyendo redes. Eso es bueno. Eso es sabio.
Pero recordemos: no depende de nosotros fijar los tiempos ni las épocas. Es Dios quien los ha determinado. Él es quien está moviendo la historia hacia su consumación final cuando Jesús regrese. Él es quien nos libera de esa carga y nos permite colaborar con Él. Dios permite que la IBM y muchas otras iglesias sean parte de Sus planes. Y también te permite a ti, y a mí, participar como colaboradores en Su obra. ¡Qué privilegio tan grande!
Y además de quitarnos un peso de encima, Dios también nos ayuda en la gran tarea de ser testigos de Jesús dándonos el poder suficiente para lograrlo.
2. Nos da el poder suficiente
Jesús les dijo a sus discípulos en el versículo 8: “Pero recibirán poder cuando el Espíritu Santo venga sobre ustedes; y serán mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra.” La tarea es enorme. Los discípulos, comenzando en Jerusalén, debían dar testimonio de Jesús en toda Judea y Samaria —es decir, en los antiguos territorios de los reinos del sur (Judea) y del norte (Samaria). Dios iba a reunir un remanente de todo Israel, como lo anunciaron los profetas (Ezequiel 37:14–22). Pero ese testimonio no se limitaría a Israel. Iba a extenderse hasta los confines de la tierra, tal como también lo anunciaron los profetas (Isaías 49:6). Y a lo largo del libro de Hechos vemos cómo esta expansión comenzó… y continúa hasta hoy.
¡Qué tarea tan inmensa! Podemos compararla con una gran piscina. ¿Podría cruzarla alguien que no sabe nadar? Yo aprendí a nadar tarde, cuando tenía unos 14 años, y lo hice de una forma poco recomendable: lanzándome a la piscina del campamento El Puente, en los Yungas, sin saber nadar. O nadaba o me ahogaba; no había vuelta atrás. No me quedó otra que aprender a la fuerza. (Adolescentes que están aquí presentes, por favor: no sigan mi ejemplo. No se lancen a una piscina sin saber nadar. Esa no es la mejor manera de aprender algo que es de vida o muerte.)
Si la gran tarea de dar testimonio de Jesús hasta los confines de la tierra es como una piscina profunda, entonces es de vida o muerte que los testigos de Jesús sepan nadar. Pero Jesús no lanzó a sus discípulos a la piscina del evangelismo mundial diciéndoles: “Serán mis testigos hasta los confines de la tierra… ¡vean cómo se las arreglan!” ¡No! Antes de enviarlos, les prometió el poder necesario: el poder del Espíritu Santo. “Pero recibirán poder cuando el Espíritu Santo venga sobre ustedes…” (Hechos 1:8a).
Al comenzar este sermón mencioné que a veces nos sentimos incapaces y débiles frente a esta gran tarea. Y ese sentimiento puede intensificarse cuando vemos a figuras públicas que hablan ante multitudes: pastores y predicadores famosos, celebridades cristianas que alcanzan a millones y llenan estadios. En esos momentos podemos pensar: “¿Quién soy yo? Mejor dejo esta tarea para los grandes.”
Pero la verdad es que, no somos muchos sabios, ni poderosos, ni nobles (1 Corintios 1:26). Sin embargo, aunque no todos tengamos la oportunidad ni la habilidad de hablar frente a multitudes, todos los cristianos tenemos el poder del Espíritu Santo, que habita en nosotros. Jesús ascendió al cielo y compartió Su Espíritu con toda Su iglesia. Él es quien nos da el poder necesario para ser sus testigos, cada uno en el lugar donde ha sido puesto, y de maneras únicas.
Permítanme contarles brevemente una historia que muestra cómo diferentes cristianos pueden ser usados de formas distintas en la misma misión. Esta historia está tomada del libro La Evangelización de J. Mack Stiles. Si pueden, les recomiendo leerlo completo.
Kelly era una adolescente brasileña de 16 años cuando viajó a Estados Unidos para estudiar. Imagínate lo que eso implica: estar sola, en otro país, lejos de su casa, su idioma, su gente. Pero Dios ya estaba obrando.
La familia que la recibió —Connie y John— era una pareja común, pero con una fe centrada en el evangelio. Oraron por Kelly, la invitaron a la iglesia y le hablaron de Jesús. Pero Kelly… no mostró mucho interés. ¿Te ha pasado? Intentas compartir tu fe con alguien, y simplemente no hay respuesta. Aun así, John y Connie no forzaron nada. Simplemente la amaron, la cuidaron. Y cuando Kelly regresó a Brasil, siguieron en contacto. Connie nunca dejó de orar por ella. Años enteros orando, sin ver fruto, sin saber qué iba a pasar… pero orando.
Quince años más tarde, Kelly vivía en Dubái. Su vida era difícil. Había terminado con su novio; se sentía sola y triste. En ese momento, Connie —que seguía en su vida— le envió la dirección de una iglesia en Dubái. Y Kelly fue.
Al llegar, la recibió una mujer filipina llamada Hetty, a quien no conocía, pero que la recibió con la calidez del amor de Cristo. Luego, en el puesto de libros de la iglesia, otra mujer —Kanta, de la India— también le dio la bienvenida. Ese mismo día, Kelly escuchó al pastor Dave predicar el evangelio, y su corazón fue profundamente tocado.
Hetty y Kanta la invitaron a almorzar, y luego a un grupo pequeño. Allí, rodeada de personas que la amaron, Kelly comenzó a abrir su corazón. Más adelante, otra mujer de la iglesia, Leeann, la invitó a comer. En esa comida, Leeann le explicó el evangelio de forma clara y sencilla.
Tiempo después, Kelly fue bautizada. ¿Y quién tuvo el privilegio de bautizarla? Mack Stiles, el autor del libro. Él resume así la historia: “Múltiples continentes, un par de iglesias, varias ciudades, muchos idiomas, numerosas etnias, diversas personalidades, años de oración, comunicación oral y escrita, dos comidas; y un evangelio.”
Dar testimonio de Jesús no es tarea exclusiva de predicadores ni autores, es una labor de equipo, hecha por todos los cristianos, en el poder del Espíritu Santo. Jesús dijo: “recibirán poder” —en plural. No era solo para unos pocos, sino para todos sus discípulos. El Espíritu Santo mora colectivamente en toda la iglesia, y también individualmente en cada creyente.
Por eso es tan importante esa frase que ya mencioné y que siempre repetimos en el Incubador de Plantación de Iglesias: una sola iglesia no puede alcanzar toda la ciudad; necesitamos redes. Y lo mismo aplica a nivel personal: un solo cristiano no puede llevar solo la gran tarea de testificar de Jesús. Se necesita una red de personas, como en la historia de Kelly. Todos somos pequeños eslabones de la gran cadena del testimonio de Jesús hasta los confines de la tierra. Cada uno cumple un rol único. A veces te tocará mostrar hospitalidad, otras veces invitar a alguien, compartir una comida, enviar un mensaje, hacer una llamada.
Tú puedes ser parte de esta obra en el lugar donde Dios te ha puesto, porque Él es quien te da el poder a través de Su Espíritu.
Esta semana, cuando comas con alguien, cuando hagas compras, cuando muestres hospitalidad, cuando ores o cuando hables, recuerda esto: el Espíritu Santo te da el poder para mostrar a Jesús en todas esas cosas.
Y no solo nos da el poder suficiente. Dios también nos da la seguridad necesaria.
3. Nos da la seguridad necesaria
Después de haber comisionado a sus discípulos con la gran tarea de ser sus testigos, y de prometerles el poder del Espíritu, el versículo 9 dice: “Fue elevado mientras ellos miraban, y una nube lo recibió y lo ocultó de sus ojos.” (Hechos 1:9)
¿Cómo habríamos reaccionado nosotros si hubiéramos estado ahí? ¿Te imaginas ver a Jesús ascendiendo al cielo delante de tus ojos? Pienso que a muchos de nosotros nos habría costado apartar la mirada del cielo y simplemente irnos de ese lugar. Yo probablemente habría pensado: “¿Y si Jesús vuelve a aparecer? ¿Y si se manifiesta otra señal en el cielo?”
Es como cuando vamos al cine y, al terminar la película, algunos nos quedamos sentados hasta el final de los créditos esperando una escena extra. Así estaban los discípulos, mirando las nubes… esperando, tal vez, qué más aparecería después de “los créditos”. Entonces, se les presentaron dos hombres vestidos de blanco que les dijeron: “¿Por qué están mirando al cielo? Este mismo Jesús, que ha sido tomado de ustedes al cielo, vendrá de la misma manera, tal como lo han visto ir.” (Hechos 1:11)
Fue después de estas palabras que los discípulos regresaron a Jerusalén. Jesús ascendió… y Jesús volverá, sin lugar a dudas. Esa promesa nos da la seguridad necesaria para seguir siendo sus testigos hasta los confines de la tierra.
Ahora pensemos en las incertidumbres que a veces nos agobian. Sin ir muy lejos, muchos estamos preocupados por la situación del país (Bolivia): ¿Habrá gasolina mañana? ¿Habrá pollo? ¿Habrá dólares? ¿Habrá bloqueos? ¿Qué pasará después de las elecciones de agosto?
Y más allá del ámbito nacional, están las incertidumbres personales: relaciones rotas, conflictos, enfermedades, estudios, trabajo. Estas preocupaciones forman parte de la vida en esta tierra, y fácilmente pueden desanimarnos o desenfocarnos de nuestra misión. Pero, a pesar de las incertidumbres, y en medio de ellas, podemos permanecer firmes. ¿Sabes por qué?
Porque Jesús ascendió a los cielos, entonces sabemos que Él está reinando y está en control de todo; Jesús ascendió a los cielos, entonces sabemos que tenemos un Mediador y Abogado en los cielos; Jesús ascendió a los cielos, entonces sabemos que tenemos un juez a quien no se le escapa nada; Jesús ascendió a los cielos y desde los cielos mandó Su Espíritu para darnos Poder; y también podemos estar firmes porque Jesús volverá, descenderá de los cielos, entonces sabemos que los reinos de este mundo se están dirigiendo inevitablemente a su fin; Jesús descenderá del cielo entonces sabemos que no estamos a la deriva, sino que la historia tiene final feliz; Jesús volverá del cielo, entonces sabemos que un día juzgará la maldad humana; Jesús volverá del cielo, entonces tenemos la esperanza de la nueva creación y la restauración de todas las cosas en Jesús.
Con esa seguridad que nos da su ascensión y su promesa de regreso, podemos atravesar la incertidumbre con confianza. Podemos enfocarnos con paz y con gozo en lo que nos corresponde: dar testimonio de Jesús hasta los confines de la tierra, anunciando las buenas nuevas del amor de Dios en Cristo, quien murió en nuestro lugar por nuestros pecados, resucitó y volverá.
Hace algunos años conversé con un hombre que vivía en la Isla del Sol, ese hermoso y remoto lugar del Lago Titicaca. Mientras hablábamos sobre la fe y sobre Jesús, me compartió algo que me impresionó profundamente.
Me dijo que una noche tuvo un sueño. En ese sueño, Jesús descendía del cielo con gloria y majestad. Al verlo, este hombre —conmovido, angustiado, tal vez lleno de esperanza— salió corriendo. Quería alcanzarlo, quería llegar hasta Él. Pero no lo logró.
En su sueño, mientras corría hacia Jesús, Él ascendía nuevamente al cielo… y el hombre quedaba atrás, solo, abandonado en la Isla del Sol.
Creo que este sueño expresa algo más profundo: refleja miedo, refleja incertidumbre. ¿Te imaginas vivir con ese temor? Querer acercarte a Jesús… y no lograrlo. Ver cómo se aleja… sin saber si volverá por ti. Ese miedo puede paralizar a cualquiera.
Por eso, las palabras de Hechos 1:11 son tan poderosas y tan necesarias: “Este mismo Jesús, que ha sido tomado de ustedes al cielo, vendrá de la misma manera, tal como lo han visto ir.”
Quizás hoy hay personas aquí que se sienten paralizadas por el miedo o por la incertidumbre. Si ese es tu caso, recuerda el pasaje que hemos leído. La mejor arma contra el miedo es la verdad. Y esta es la verdad: Jesús murió en la cruz por nuestros pecados, resucitó, ascendió al cielo… y volverá. Cree, ten fe en esto.
Es esta certeza la que puede despertarnos de la parálisis, ayudarnos a enfrentar el miedo y darnos la seguridad que necesitamos para seguir adelante.
Conclusión
Saben, como cualquier persona, los predicadores también atravesamos momentos de desánimo e incluso de depresión. A veces nos sentimos paralizados por la incertidumbre. El año pasado, en uno de esos momentos de desánimo, por conflictos y por desafíos me sentía como aquel personaje de la mitología griega del que les hablé al comenzar el sermón, me sentía que estaba empujando una roca cuesta arriba y sin poder avanzar.
Una mañana, en medio de ese desánimo, estaba en mi escritorio escribiendo un sermón, pensando, orando, y por la ventana podía ver que, para colmo, el día estaba totalmente gris, frío y nublado, muy parecido a como estaba mi corazón.
Mientras trabajaba tenía de fondo la música de mi grupo favorito de rock latino (Rescate) sonando en los parlantes de mi escritorio. Y aunque no estaba prestando mucha atención a la música, de repente una frase rompió el silencio de mi reflexión, la letra de la canción decía: “Hoy no hay sol en el cielo, todo el día llovió, y anoche las estrellas no salieron. Pero estoy bien y creo que es porque estás aquí…”
Esa frase me sacudió. Como un rayo de luz, una verdad llenó mi corazón: Dios está aquí.
El día puede estar nublado. La tarea por delante puede parecer abrumadora. La vida puede estar llena de incertidumbre. Los desafíos del ministerio pueden parecer enormes. Pero no estoy solo. No estamos solos. Vamos de la mano de Dios. Jesús dijo: “Recibirán poder cuando el Espíritu Santo venga sobre ustedes…” (Hechos 1:8)
Como vimos esta mañana, Dios nos quita el peso de encima: no nos corresponde a nosotros determinar los tiempos, eso le pertenece solo a Él. Dios nos da el poder suficiente, a través de Su Espíritu que mora en nosotros. Y Dios nos da la seguridad necesaria: Cristo ascendió a los cielos… y volverá.
Entonces, cobremos ánimo y seamos testigos de Jesús hasta los confines de la tierra.

